Pensamientos en un viaje de autobús

‒ Sinceramente, apoyo que cada uno sea libre de ser como quiera, pero no apruebo que hagan esas muestras de… libertinaje ‒dijo él, apoyado en el cristal de la marquesina.

¿Libertinaje? ‒pregunté, extrañado. Aquel tipo que acababa de conocer mientras esperaba el autobús me había empezado a hablar sin venir a cuento. Resultaba que era homosexual y llevaba casado unos cinco años.

‒ Así es. Yo no necesito ir llamando la atención de lo que soy allá a donde vaya. Eso es algo que me incumbe a mí y a mi pareja ‒explicó, sentando cátedra y levantando un poco la voz, pero yo seguía sin entender.

‒ ¿A qué te refieres exactamente?

‒ Mira, yo acabo de salir del trabajo, y generalmente mi marido viene a buscarme ‒empezó a explicarme ladeando la cabeza y con gesto cansado‒, pero yo no necesito saludarme con él dándole un beso ni cogiéndole de la mano. Si hiciera eso estaría provocando a la gente innecesariamente.

‒Cuando me hablabas de libertinaje, pensaba que ibas a decir algo más… explícito.

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‒Yo soy consciente de mi condición de homosexual y la asumo, pero no necesito ir presumiendo de ello.

‒ Darse un beso en las mañanas o al salir del trabajo no creo que sea presumir de nada ‒dije, muy sorprendido y soltando una risita nerviosa.

‒ Se nota que aún eres joven y no sabes de qué va el mundo, pero oye, cada uno tiene su opinión ‒dijo el tipo, ese que al principio me había parecido un poco simpático, ahora me parecía un pobre hombre‒. Ya viene el autobús, ¿coges la 491?

‒ No, yo espero al circular ‒respondí.

‒ Espero que nos veamos algún día por aquí ‒dijo. Yo tan solo sonreí y me puse los cascos para escuchar algo de música.

El autobús se alejó.

Los ritmos de baterías y guitarras eléctricas empezaron a sonar en mi cabeza, pero había algo que aún sonaba más fuerte: la voz de ese tipo diciendo cosas como “llamar la atención”, “provocar”, “asumir su condición”… y, de pronto, observé al final de la calle a una chica.

Debía tener unos veinticinco años y salía de un edificio de oficinas. Caminó unos pocos metros hasta que un chico, algo más joven que ella (al menos en apariencia) llegó en moto, frenando a su lado en la acera. Él se quitó el casco y nada más verse ella sonrió de oreja a oreja. Se besaron y volvieron a mirarse. Dijeron algo (quizá un “te quiero” o “te he echado de menos”) y él sacó un pequeño sobre que rápidamente le entregó.

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Ella le miró extrañada. No era algo que esperase y, sin dudarlo, lo abrió. En su interior había dos entradas de teatro, de un concierto, de museo, de cine… ¡a saber! La cuestión es que ella se emocionó y le abrazó. Él la beso en el cuello y hundió su rostro en el cabello que caía por el hombro. Se quedaron ahí unos diez segundos, sintiendo su respiración uno junto al otro, acariciándose.

Cuando terminaron, se miraron a los ojos. Ella se había emocionado, y él se rió de ella. Ambos lo hicieron. Él intentó limpiarle la cara pero ella se apresuró a sacar un pañuelo de papel. A los pocos minutos se fueron juntos en la moto, felices y cariñosos.

¿Qué me sorprendió de esa escena? La gente de alrededor. Las personas que pasaron caminando a su lado mientras se besaban, mientras se abrazaban y acariciaban,

¿Qué hicieron? Nada. No hicieron nada. Siguieron su camino como si eso no fuera con ellos. No se sintieron ni ofendidos ni provocados. ¿Por qué deberían de estarlo?

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Por fin llegó el autobús y como siempre me senté en los últimos asientos. Allí me sentía más relajado y podía escuchar música (e incluso dormir un poco) hasta llegar a la última parada del recorrido.

Miré a la gente del resto de asientos. Mucha gente solitaria y dos parejas. Se besaban y se miraban enamorados, disfrutando de su mutua compañía, y todo alrededor giraba en armonía.

¿Qué sucedería si en lugar de ser un chico y una chica, fuesen Juan y Fernando? ¿o Lucía y Sandra?

Vivirían su amor intensamente, pero en cualquier mirada, caricia, beso o gesto de complicidad, tendrían la sombra de las miradas y el eco de los comentarios homófobos acechándoles a la espalda.

Quizá no sucedería nada, pero siempre surgiría alguna mirada curiosa, aunque no tuviese mala intención.

Quizá fueran miradas alegres del tipo “cuánto me alegro de que puedan vivir su amor libremente”, pero ahí estaría la diferencia respecto a los jóvenes que había visto antes.

Todos tenemos derecho a estar aquí, en este autobús, esperando a nuestra pareja a la salida del trabajo, en un museo, en un hospital, en donde sea, pero siempre siendo nosotros mismos, sin miedo a ser señalados o diferenciados como “bichos raros”.

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Todos tenemos derecho a estar en el médico junto a nuestro marido o nuestra mujer. Todos tenemos derecho a ir a la biblioteca, a un centro comercial o a un restaurante sin ocultar quiénes somos.

Incluso un famoso científico o un futbolista tiene derecho a poder dedicar sus logros a su pareja, sea quien sea.

Deseamos igualdad, pero jamás habrá igualdad si aún hay gente que señala y comenta los besos que son diferentes, si surgen risas cuando un hombre le dice a otro “te quiero”, si existen miradas opresoras cuando descubren que Laura antes se llamaba Borja.

Yo tengo derecho a esperar a mi novio o novia a la salida del trabajo, y darle los besos que me den la gana. Tengo derecho a decir “te quiero” en cualquier situación, al igual que el resto tiene derecho a ser quien desee ser en el instituto, en el trabajo, en la calle, en el supermercado o en cualquier parte.

Los besos de una persona perteneciente a la comunidad LGTB no valen menos que otros, y tienen el mismo derecho a estar aquí, en el mundo. No se puede permitir que el amor se quede encerrado de puertas para adentro. Mucha gente lo intenta ver como algo enfermizo, o algo que no se puede mostrar al mundo.

Pero, ¿sabéis qué? Lo más terrible sucede cuando se aceptan los ataques externos, y decidimos ser el monstruo que dicen que somos. Poco a poco, con el tiempo, uno se acaba convirtiendo en el señor homosexual que reniega de serlo, y se convence a si mismo de que él no tiene derecho a estar aquí, allí o en cualquier otra parte, sino encerrado en casa, sin que nadie le vea… como un enfermo.

Puedes hacer eso, o ser de otra forma, como nosotros. A simple vista nadie puede saber si yo o mi compañero de viaje en este autobús somos homosexuales, transexuales o lo que sea.

Lo único cierto es que es necesario luchar hasta el infinito para que todos nosotros conservemos y disfrutemos el derecho de estar aquí, disfrutando de la vida, el trabajo, la amistad, el amor y la vida, seamos quienes seamos.

Bajo del autobús y camino lentamente hacia casa.

Dos chicos están cogidos de la mano sentados en un banco.

Al pasar cerca, uno de ellos intenta soltarse haciendo un gesto para que el otro me mire.

Su compañero se encoge de hombros y le da un beso en la boca, sin dejar que el otro suelte la mano.

Ambos sonríen, y yo no puedo evitar hacerlo.

Si se trata de amor y de ser uno mismo, todos tenemos derecho.

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¡FELIZ ORGULLO 2017!

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