Camino a la madurez…

Cierto día te miras en el espejo y comprendes que el tiempo ha pasado.
Puede sonar muy típico, propio de novelas sentimentalistas que quieren causar un golpe de efecto en los propios sentimientos del lector, pero es así como uno se siente cierto día del calendario.

Cierto día te miras en el espejo, pero algo ha cambiado…

Sí, algo ha cambiado. El mundo no se mueve cómo lo hacía antes. Uno no sabe decir si lo hace más lento o más rápido, pero lo hace de forma diferente.
Cuando uno tiene menos de veinte años los dias se hacen eternos, las semanas son como eones, y los años son vidas enteras en los que suceden centenares de cosas…
Pero uno se hace mayor, abandona la Isla de Nunca Jamás ilusoriamente y se siente mayor. Se crea una rutina diferente. Los tres meses de vacaciones se convierten en tan sólo uno, y no siempre disfrutarás de él en verano.
En un abrir y cerrar de ojos te encuentras en la posición de los “mayores“, esos que veías desde abajo tímidamente, esos seres que poseían dinero y se mostraban tan independientes de todo… cuando, en realidad, al hacerse mayor, uno se vuelve más dependiente del mundo, más que nunca.

Un eterno lazo de dependencia, que encierra una independencia necesaria para la sanidad de nuestra vida.


Dependientes del mundo
, del trabajo, de la sociedad, del dinero, de los bancos, de la hipoteca, de los impuestos, de la bolsa, de las acciones petrolíferas, de la política, de los odiosos presidentes electos, de la oposición que siempre tiene grandes ideas (pero siempre en la oposición), del fútbol, de los cotilleos, de la familia, de nuestra pareja, de los hijos, de los nietos, de los padres, los abuelos, de los hermanos, cuñados y amigos, de los recuerdos de antaño, de los proyectos que jamás serán realizados (y nos autoconvencemos de que así sea).
Fácilmente nos olvidamos de lo libres que éramos de pequeños, que sabíamos sin saberlo que nuestro punto de vista determina nuestra realidad, que teníamos fantasía y ganas de vivirlo todo, absolutamente TODO.

Guardamos recuerdos de nuestra infancia, juventud y adolescencia, y los conservamos como si fueran cosa de hace unas semanas, y en realidad han pasado casi 20 años de aquellas series que tanto nos gustaban (y que nos siguen gustando). Vemos películas de los noventa con un cariño especial, porque en realidad esas películas también nos “educaron”, del mismo modo que hicieron los juguetes, las canciones, los videojuegos, la televisión y el resto de cosas existentes en aquella época…

Que grande nos parece el mundo cuando somos pequeños… y cuántes veces nos lo tienen que recordar cuando dejamos de serlo…

Infantilmente las convertimos en nuestro “pasado”, y nos creemos algo importante por ser la generación de “la Bola de Cristal”, de “Mecano”, “Sabrina” o “El 1,2,3…”. ¡Y claro que somos importantes por ello! Es parte de nuestra vida, y jamás se pueden negar los pasos dados en nuestro camino (que no es lo mismo de acusar eternamente por los mismo), pero debemos recordar que vivimos en un presente continuo, y que de nada vale “sentirse” viejo mirando al pasado… ¡sintámonos jóvenes con 30 años, 40 o 50! Sólo la mente puede convertirnos en verdaderos ancianos.

Y es justo en ese momento en el que te estás mirando frente a frente en el espejo, cuando las canas cubren partes de tu pelo (si es que te queda), cuando el rostro juvenil ha desaparecido, cuando las ojeras permanentes caen oscuras por debajo de los ojos, cuando te das cuenta de la cantidad de personas cercanas que han fallecido a lo largo de tu vida y la de bebés que han nacido los últimos años, cuando te das cuenta que la muerte no tiene miramientos con nadie, que le da igual raza, sexo o religión, que tanto le vale un bebé como un anciano… es en ese momento, en ese eterno segundo, en el que comprendes que has dado un pequeño paso hacia la madurez personal, tan difícil de alcanzar (aunque muchos crean que ya viven en ella).

Estas vidas son un eterno camino a la muerte…
Tu vida es una lenta travesía directa a la desaparición…
Y en el día a día, forjas un poco más tu propia madurez…

Tantos caminos para destinos tan parecidos…

Un fuerte saludo, Igor

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