Pequeño Debate

Era una sala oscura con música relajante de fondo. El humo del tabaco bailaba por el techo mientras las luces creaban el ambiente de intimidad. En una de las esquinas había una mesa. A su alrededor cuatro personas sentadas. 

—  Señores, el fin se acerca. Ya queda poco para que todo esto cambie. La sociedad ya ha sangrado demasiado y lo que tenemos ante nuestros ojos son los restos, la basura que surgió de nuestras acciones. Nada importa ahora. Quiero que sepan que hablo por la mayoría de nosotros –Jacques dio un trago a su whisky mientras observaba a sus compañeros, siempre a través del espeso humo de tabaco.

—  Es verdad, Jacques. Nuestros ojos sólo se fijan en chicas de grandes pechos operados, y seguramente nuestras mujeres se fijen en hombres con un buen cuerpo, atractivos. Y no solo son las personas, sino también los carteles publicitarios. –Marc calló comprobando si el resto de oyentes le escuchaba–. Muchas compañías nos ofrecen rebajas ante una gran crisis económica haciéndonos sentir pobres de verdad. Todos nosotros. Están jugando con el valor de las cosas.

—  Sin embargo seguimos el juego –interrumpió Jacques–. Nos comportamos como las fichas que esperan que seamos. Nadie se queja de verdad. Todos sabemos que está muy mal no reciclar, pero jamás actuaremos hasta que lo haga el vecino. ¿Y por qué? Pues porque estamos convencidos que todo lo que hagamos no servirá para nada. Nunca vendrá nadie a felicitarnos. Desde que todos nosotros éramos niños nos hemos acostumbrado a las felicitaciones.

Inevitablemente Jacques recordó las veces que siempre había calibrado las situaciones. Aquella vez en la que en que estudió tanto en su adolescencia para poder irse de vacaciones con sus amigos, o la vez en la que decidió no decirle a su mujer que se había gastado la mitad del sueldo en máquinas tragaperras.

—  ¿Sabéis qué, tíos? –Oliver estaba medio borracho, pero eso no le impidió incorporarse y hablar–. Es como si alguien desease que sólo nos divirtamos, que nos preocupemos de cosas menos importantes que la muerte de miles de personas a todas horas en el mundo entero.

—  No te sigo Oliver –dijo Marc.

—  Sí tíos, somos ciudadanos de un primer mundo, somos los privilegiados –Oliver sonrió mirando al infinito, como si viera algo más que el resto de acompañantes no podían ver–. Aún así, la verdad es que las vidas son granos de arena. ¿Quién merece más atención? ¿Nosotros que a veces no nos llega el dinero para seguir emborrachándonos, o el niño que jamás verá la gran ciudad, perdido en una tribu muerta de hambre? Esos niños no saben qué significa beber una bebida de sabor lima-limón, no conocen lugares en los que se venden hamburguesas recién hechas a todas horas, nunca han visto los programas de corazón, y tampoco saben qué tiene de bueno una televisión más grande que otra. Sólo conocen el hambre, la soledad, el silencio, la desesperación.

—  Bien Oliver –dijo Jacques–. Pero nosotros vivimos aquí, y nuestra labor es enfadarnos por las bajadas se sueldo, llorar por no poder irnos de vacaciones o discutir por las religiones. Esa es la labor del ciudadano del primer mundo.

—  ¿Pero qué dices? –Oliver tomó su cerveza y le bebió un amplio trago–. A eso mismo me refiero. Seguramente haya alguien que disfrute viéndonos actuar de esta forma. Tal vez es el Diablo, el mal personificado. Le estamos dando el trabajo hecho, ni siquiera interviene en nuestras vidas, ni él ni Dios. ¿Acaso tiene que venir alguno de los dos a salvarnos de la desesperación que hemos creado? ¿Tienen esa obligación? 

—  Bájate de las nubes –dijo Marc–. El mundo funciona así. Tenemos una crisis económica y nos ahogamos en deudas. Pero también existe el comercio y hay que vender los productos que las compañías fabrican. Tenemos la suerte de vivir en el primer mundo, y como muestra de agradecimiento tenemos que salir a tomar cervezas, hay que comprar lo último en moda, hay que regalar el mejor reproductor de música a nuestros hijos.

Cómo los vestidos que su mujer compraba mes a mes, ropa que jamás utilizaría y que descansaría eternamente en el fondo de su armario. Como los videojuegos que sus hijos no paraban de pedirle, y que él compraba dándoles algo con lo que jugar mientras él estaba fuera de casa, a veces un día o dos, otras veces una semana entera.

—  Para todo eso hay dinero, ¿verdad? Y cuando no haya dinero, o necesitemos un aumento de sueldo, llegará el momento de pisar a los demás –Oliver se sintió ofendido al ver la sociedad en la que vivía–. Pues no, gracias. Prefiero ser pisado y comprender la ignorancia de la gente, a pisar y ser ignorante. ¿No os dais cuenta que pasamos mucho tiempo pensando en problemas que en el fondo no lo son? Los verdaderos problemas se los damos a otros para que los solucionen: el fin del racismo, de la homofobia, de la misoginia… Esos sí que son problemas verdaderos.

—  Vives en el pasado, Oliver –dijo Jacques mientras sujetaba su whisky en la mano derecha–.  Primero, esos problemas ya están desapareciendo, y segundo, esos problemas no te afectan directamente. No eres mujer, no eres negro, no eres homosexual, ¿de qué te preocupas entonces?

—  Jacques, hay gente que lo está pasando verdaderamente mal, y somos el resto de personas las que podemos solucionarlos.

—  Muy bien –Jacques dejó su vaso sobre la mesa y levantó la mirada desafiando a Oliver–. Pongamos que me preocupo de todas esas personas que lo están pasando mal en todo el mundo, que doy cada minuto de mi vida a ayudarles. ¿Quién pagará mi coche y las facturas de teléfono? ¿Quién regañará a mi hijo cuando saque malas notas? Ya estoy cansado de hombres que se creen profetas, que viven en su burbuja y hablan de cómo eliminar la tristeza y ansiedad de nuestras vidas. Cuándo ese hombre tenga la misma vida que yo, y logre quitar la ansiedad que conlleva, entonces le escucharé.

—  Es verdad –dijo Marc–. El niño de África morirá hagas lo que hagas. Son niños como los que andan ahora mismo por París, pero la vida es así. Nosotros hemos tenido suerte de nacer aquí, y hemos de estar agradecidos por ello. La vida es demasiado corta como para preocuparse por gente que vive en otro continente. ¿Quién me asegura que mi dinero servirá para algo? Ante la duda prefiero gastarlo en mis caprichos, en mis colecciones de música o en lo que me dé la gana.

—  Y aún haciendo algo, ¿de qué serviría? –dijo Charles, que se encontraba escuchando la conversación mientras no dejaba de beber su ginebra–. Podríamos dejarlo todo ahora mismo e ir a ayudar a los pobres, pero el primer mundo seguiría existiendo. El ciudadano de a pie va a preferir seguir conociendo la alineación de los jugadores de su equipo de fútbol favorito, o ver los debates políticos de nuestros gobernantes en la televisión. ¿Te imaginas que todo eso empezase a cambiar? Imagina que empiezan a emitir un programa sobre personas de buen corazón, sobre Jesús, la Madre Teresa de Calcuta o quien tú quieras. ¡Sería aburridísimo! La gente prefiere ver las tetas de la concursante del programa de moda.

Esa noche Charles estaba aburrido, incluso algo enfadado. No por lo que se estaba hablando, si no por algo que había sucedido anteriormente. ¿Podría tratarse de su querida mujer que, como buena esposa, le esperaba despierta hasta que él llegase a casa? ¿O podría ser por su hija pequeña, la cual sólo veía a la hora de cenar, día sí, día no?

—  Pero chicos, ¿no os parece injusto? –Oliver agachó la cabeza, tal vez porque pensaba qué decir, tal vez por el alcohol que había consumido–. Es injusto que nuestros gobernantes se suban el sueldo año tras año. Es injusto que las organizaciones que prometen ayudar a los demás gasten su dinero en lujos. Es injusto que nosotros estemos aquí y los pobres allí. Es injusto que las guerras continúen. Es injusto que se talen centenares de árboles para construir cosas que jamás serán compradas. Es injusto que nosotros estemos aquí emborrachándonos mientras en otro sitio muere alguien por no tener qué comer.

—  ¡Y qué injusto fue el penalti del último partido! –dijo Marc para reírse a continuación exageradamente.

Jacques y Charles le acompañaron riéndose. Sus ojos lloraban, no por lo que habían dicho, si no por la típica risa contagiosa que se da en un grupo de gente borracha. Sin embargo, Oliver no reía. Se levantó de su silla y miró a una de las esquinas de la habitación. No había nada allí, pero sin embargo habló.

—  ¿Qué quieres de mí? No te entiendo, me cuesta escucharte. ¿Acaso no soy digno? Te amo con locura y deseo vivir contigo a cada paso que doy. Reconozco mis fallos, me entrego a ti y aún así no veo tus señales. ¿No estoy listo todavía? –Oliver estaba fuera de sí. Sus compañeros se levantaron preguntándole si se encontraba bien. También dijeron que había bebido demasiado–. Si es así, seguiré preparándome. Jamás tiraré a la basura el trabajo de tantas personas a mis espaldas. Cuando llegue el momento, daré lo mejor de mí mismo. Lo haré.

Acto seguido Oliver se desmayó, dejando caer su cerveza al suelo, rompiéndose en mil
pedazos. Jacques y Marc le levantaron y entre los dos le sacaron del local. Charles apuró su bebida y se acercó a la barra a pagar.

—  Las cuatro consumiciones son sesenta euros –dijo la camarera al otro lado de la barra.

—  Aquí tienes preciosa –Charles puso encima de la barra tres billetes de veinte euros–. Perdona a nuestro amigo. El pobre todavía no se ha echado novia y eso se nota. Fíjate en nosotros, hombres casados y con hijos, y él, todavía soltero. Por eso se emborracha tan fácilmente. Al llegar a casa no tiene que dar explicaciones a nadie.

—  No se preocupe por lo del joven, es algo común los fines de semana. Ustedes tengan cuidado al regresar a su casa, también han bebido un poco.

—  Por nosotros no te preocupes, bonita. Ah, y espero que la próxima vez Bibi esté disponible. Hoy me he quedado con ganas de verla.

—  Supongo que mañana ya volverá. Creo que su hijo estaba enfermo.

—  Bien, pues entonces nos veremos mañana. 

Afuera le esperaban sus amigos en un coche. Conducía Jacques. Eran las cinco y media de la madrugada de un frío sábado en la noche parisina. El coche se alejó dejando a sus espaldas el local, llamado Chicas Veinticuatro Horas.

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