Quizá madurar

Los jóvenes buscan una identidad dentro de un mundo virgen que ni siquiera los mayores pueden comprender.

En la calle pasean oscuras promesas de ser alguien mejor, nos convencen de que no somos lo que tenemos que ser.

Nos venden soluciones a problemas naturales, incluso a algunos que nosotros mismos hemos creado.

Las veinticuatro horas parecen ser quince minutos. Hemos de superar la felicidad del vecino. ¡Siempre!

Mucha gente se entristece y siente envidia al ver las flores del jardín de su querido vecino.

Todo se mueve deprisa y nunca queremos comprender al resto.

¿De qué sirve ser “algo” en un mundo donde todo se ha hecho?

¿De qué sirve intentar crear algo si nadie nos recordará?

¿Cómo voy a sobresalir por encima de más de seis mil millones de personas?

¿De qué sirve crear un presente si nuestros pies viven anclados en el pasado?

¿Qué valor tiene la bondad si el bondadoso muere fusilado en la esquina?

¿Que valor tiene el amor si nadie es como tú esperas que sea?

Madurar… tal vez sea una solución…

Hacerles madurar… quizá otra…

Observar, recapacitar, pensar, no actuar hasta tener claro el próximo movimiento.

Razonar, desde la compasión. Dilucidar, desde la claridad.

Paz.

 

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