Pictadura 8

El avión empezó a descender. Claudia creyó que tardaría unos quince minutos en hacerlo, pero en cuestión de cinco minutos tocó tierra. Lo hizo suavemente, como si no rozara asfalto. El mismo temblor que había sentido al despegar del desierto quedaba ya lejos. El suelo que estaban pisando era mas suave. “Como si fuera una colchón”, pensó para si misma.

– Ya podemos salir. Sígueme -le dijo el joven piloto.

– Por cierto, creo que antes debería saber una cosa -dijo Claudia siguiéndole. Aún no había llegado a la puerta pero podía sentir como un aire fresco, una brisa fría le rozaba el rostro-. ¿Cuál es tu nombre?

– ¿Crees que es necesario saberlo? -dijo él sin darse la vuelta. Siguió caminando hacia la salida.

– Sí, he viajado contigo a un lugar surrealista. Creo que necesito algo que me asegure que no me estoy volviendo loca -dijo ella. Era lo primero que le pasó por la cabeza, pero al parecer saber el nombre de la única persona que conocía le haría sentir segura.

– Pero no te equivoques, no te hará sentir más segura.

– ¿Cómo dices?

– Estás pensando en que te haría sentir segura el conocer mi verdadero nombre, pero créeme, no serviría de nada. Si tanto te interesa podrías preguntarselo a El Mago.

– ¿El Mago? -dijo Claudia desconcertada. ¿Cómo había leído sus pensamientos?

– Sí, pronto le conocerás. Ahora salgamos del avión.

Llegaron a la puerta y ésta se abrió automáticamente. Claudia creyó que se iba a encontrar en un aeropuerto, pero para su sorpresa lo que había frente a ellos era una gran avenida, toda de color azul celeste. Edificios y rascacielos crecían a cada lado, y, como si de un sueño se tratara, no había pájaros por el cielo. Eran decenas de delfines los que volaban de un lado para otro, incluso creyó ver una ballena a lo lejos.

Las flores que crecían en los jardines se soltaban de la tierra y volaban al espacio sin detenerse, y a los pocos segundos volvía a crecer una flor nueva, que seguiría el camino de su antecesora.

Incluso las personas, que eran seres humanos como ella, parecían sacados de otra galaxia. Empezaron a saludar amables, sonrientes, con un brillo especial en los ojos. Su forma de vestir era diferente. Sus prendas parecían estar hechas de un plástico metalizado, tintadas de azul, tintadas de rojo.

Lo que Claudia no había visto es que al bajar del avión no llegaba a la avenida, si no a especie de río de color azul brillante en el cuál le estaba esperando una góndola típica veneciana.

– ¿Qué te parece? -preguntó el joven piloto mientras ayudaba a Claudia a bajar la escalera.

– Es… precioso. ¿Cómo puede existir un lugar como éste?

– Nos encontramos en terreno de El Mago, lejos del poder de la terrible persona que te hizo aquello. Encerrarte en aquél sitio en el desierto… Sube, pronto llegaremos al palacio.

Los dos subieron a la pequeña barca. No había nadie para manejarla. Cuando hubieron tomado asiento empezó a moverse lentamente. Atravesaron el canal en el que se encontraban hasta alejarse de las calles llenas de rascacielos. A los pocos minutos se encontraban en el mar, pero no era el típico mar revuelto con olas de continuo.

Era como si se encontrasen en un gran lago, pero en ningún momento podían ver los límites. Lo único visible desde aquella barca era una castillo flotante a lo lejos.

– ¿Es allí adonde vamos? -dijo Claudia.

– Así es. La casa de El Mago. Él nos ayudará.

– ¿Y quién es él exactamente? ¿Qué ha hecho?

– Simple. Ha creado Azul Escorpio -dijo él tranquilamente mirando al horizonte.

[Continuará]

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