Pictadura 7

– Por cierto, tengo una pregunta que hacerte -dijo Claudia.

– Adelante.

– Primero dijiste que iríamos a Barcelona. Exactamente dijiste que venías de allí, que viniste a por mi y que entonces regresaríamos. Y acto seguido me dices que vamos a ir a Madrid… ¿dónde se supone que vamos? -Claudia gesticulaba con sus manos como pidiendo una explicación al cielo.

– El lugar al que vayamos no es importante -dijo el chico mientras se acomodaba en su asiento y tomaba los controles del avión. Su rostro dejó de estar relajado y se mostró más serio, incluso estático.

– ¿Y qué me dices de ese señor loco, inválido y medio ciego? ¿De verdad existe alguien tan peligroso con esas características? -preguntó riéndose.

– Claudia, perdona que te haga una pregunta. Necesito que me mires fijamente mientras la formulo. ¿De acuerdo? -Claudia asintió como si se tratase de un juego de niños pequeños. Se adelantó un poco sobre su asiento y miró fijamente al joven piloto-. ¿Llevas puestos los zapatos?

– ¿Cómo? -aunque la pregunta pudiese parecer ridícula, a Claudia le extrañó bastante. Incluso le provocó un escalofrío.

– Si no llevases zapatos habrías manchado todo de sangre, porque el lugar del que vienes estaba repleto de sangre. Y si llevas zapatos tus pies seguirían estando manchados de sangre, pero no habrías ensuciado el suelo de este precioso avión. Ahora contéstame… ¿llevas puestos los zapatos?

Tras pensárselo mucho, intentar sentir si llevaba sus pies cubiertos por algo, encontró la respuesta.

– Sí, llevo los zapatos puestos -el joven piloto sonrió y volvió a mirar al frente, como si estuviese conduciendo un coche a través de una autopista.

Claudia bajó la mirada y ahí pudo verlos. Se alegró por haber acertado, aunque todavía no entendía por qué era tan importante tener o no tener zapatos. De repente sintió ganas por ir al baño.

– Perdona, el baño supongo que estará al fondo, ¿verdad?

– Acertaste -contestó el chico sin apartar la mirada.

Claudia se levantó y recorrió el desértico avión hasta el final del pasillo. Allí las turbulencias eran más fuertes, y el sonido del motor llegaba a ser insoportable. Entró en el aseo y empezó a orinar. Se sujetaba con todas sus fuerzas a una ridícula asa a su derecha, pero de poco sirvió cuando una fuerte turbulencia golpeó el avión, haciendo a su cabeza chocar contra una de las paredes.

Creyó que iba a quedar inconsciente, incluso esperó durante unos pocos segundo a que eso sucediera. Pero algo nuevo había sucedido: las turbulencias habían desaparecido, los motores ya no hacían ruidos. ¿Acaso estaba inconsciente de verdad?

Nerviosa, salió al pasillo del avión y habló en voz alta al joven piloto.

– ¿Ha sucedido algo? -preguntó.

– Ya estamos llegando -contestó el desde el otro lado.

Claudia se acercó a los asientos y se asomó por una de las ventanas. Cuando contempló el paisaje sintió horror.

– ¿A dónde se supone que estamos llegando? -preguntó asustada.

– A Madrid, ¿a dónde si no?

– ¿Que eso es Madrid? -dijo ella mientras se acercaba a la cabina. La visión en todas las ventanillas era la misma, la que espantaba a Claudia.

– Claro, pero no es el Madrid que tú recuerdas. Es el Madrid Etérico -respondió mientras observaba contento los planetas orbitando en el cielo azul, mientras sobrevolaban el desierto que cada vez quedaba más lejos de ellos…

[Continuará]

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