La hora perdida, o la hora ganada

Fred creyó que aquella noche iba a ser como otra cualquiera: cenar y dormir. Pero no cayó en la cuenta de que a las tres de la madrugada sucedería algo sensacional: tocaba mover las agujas del reloj. ¿Una hora más? ¿Una hora menos? Como Fred se olvidó del detalle, llegaron ‘ellos’ a recordárselo.

La hora perdida

Eran todavía las dos de la madrugada y Fred no había pegado ojo todavía. ¿Qué le sucedía? Seguramente tenía ganas de haber salido con sus amigos a tomar algo, pero los unos estaban de vacaciones, y los otros no estaban por la labor. Allí estaba Fred, que tras haber navegado por Internet comprobó que no había nada interesante que ver ahí. Encendió la televisión y trató de encontrar algo con lo que entretenerse. Anuncios de compras telefónicas, concursos televisivos, personas que echaban las cartas a través de la televisión, películas pornográfícas (o supuestamente pornográficas)… cientos de canales y hacia ninguno mostraba interés. Apagó el aparato y cerró los ojos, tumbado en el sofá de segunda mano que un amigo suyo le había prestado, uno de esos amigos con los que le habría gustado quedar pero que se encontraba enfermo para hacerlo. Sin darse cuenta, Fred cerró los ojos.

El sonido de un golpe fuerte le hizo abrir los ojos. ¿Cuánto tiempo había pasado? La habitación era oscura, pero creyó ver una silueta alejarse hacia el pasillo. Todos hemos vivido algo parecido. Nos despertamos y creemos ver lo que no está allí, o tal vez estaba pero se fue. Fred no le dio importancia, en la oscuridad las sombras danzan sin cesar, y lo que antes era un jarrón ahora es un fantasma, y lo que antes era un fantasma ahora no es nada. Sin preocuparse más por la huidiza sombra, alarga su mano hasta el teléfono móvil. Abre la tapa y contempla la hora: las cuatro y cinco de la madrugada. ¿Acaso se había quedado dormido? Se quedó extrañado, pero al rato recordó que esa noche tocaba cambiar las horas de los relojes. Seguramente su móvil se actualizase automáticamente a la hora conveniente.

Fue a levantarse para encender la luz cuando llegó un mensaje a su móvil. “Qué casualidad”, pensó él. Seguramente esto también os haya pasado a vosotros, queridos lectores. Tomar el teléfono móvil (santo teléfono móvil) para mirar cualquier cosa, y cuando menos lo esperáis o cuando vais a guardarlo ahí está: la llamada, el mensaje, el aviso. Como si estuviese preparado, como si os adelantaseis al hecho. Casualidades, como muchas cosas en esta vida.

Fred leyó el mensaje, aunque como todavía estaba algo dormido tuvo que releer tres o cuatro veces para cogerle el sentido. Finalmente pudo leer con claridad lo que ponía:

Aunque no te acuerdes, de tres a cuatro han sucedido cosas. Te espero en tu dormitorio. Marc.

¿Qué demonios era eso? ¿Qué ha sucedido de tres a cuatro? Al poco Fred recuerda la sombra imaginaria que vio esconderse en el pasillo. ¿Y si era Marc? ¿Pero quién se supone que era Marc? Sólo había cerrado los ojos por cuestión de minutos, se quedó dormido y se levantó a causa del sonido de un gran golpe. Pero como él no tiene miedo a nada, se levanta con decisión y camina hasta la puerta del salón, ahí donde está el interruptor de la luz. Cuando la lámpara de techo ilumina la estancia puede verlo. Un rastro negro que se dirige desde el sillón (donde él estaba sentado) hasta el pasillo, perdiéndose en el giro que hace a la izquierda (donde se encuentra su dormitorio).

Con paso lento Fred sigue el rastro, encendiendo las luces que se encuentra en su camino. Todavía tiene en su mano el teléfono, el mensaje de Marc. Ni siquiera ha mirado el teléfono remitente, seguramente eso le habría ayudado a solventar algunas dudas… Pero no lo ha hecho y ahí se encuentra, siguiendo un rastro oscuro por el pasillo de su casa. ¿Qué será ese rastro? ¿Sangre putrefacta? ¿Excrementos? ¿Pintura negra? Por fin ha llegado a la puerta de su habitación, que se encuentra cerrada. Las manchas oscuras pasando por debajo de la puerta.

La abre y rápidamente enciende la luz. Y ahí puede verle, sobre la cama, a Marc. Fred no le ha visto nunca pero sabe que es él. Está sentado sobre la cama, con un móvil en una mano y una bolsa de color negro en la otra.

– ¿Qué haces aquí? -pregunta Fred.

– Vine a por lo que era mio. Ahora puedes seguir descansando -contesta Marc.

– No entiendo a qué te refieres.

– Mira lo que tengo dentro de la bolsa.

Marc abre la bolsa para enseñarle su contenido. Fren se acerca, se asoma para verlo. Rápidamente aparta su vista, horrorizado por lo que ha visto. Se gira y mira al espejo para comprobar si es cierto lo que ha visto. Efectivamente lo es. Dentro de la bolsa de Marc se encuentra la cabeza de Fred.

 

La hora ganada

Eran todavía las dos de la madrugada y Fred no había pegado ojo todavía. ¿Qué le sucedía? Seguramente tenía ganas de haber salido con sus amigos a tomar algo, pero los unos estaban de vacaciones, y los otros no estaban por la labor. Allí estaba Fred, que tras haber navegado por Internet comprobó que no había nada interesante que ver ahí. Encendió la televisión y trató de encontrar algo con lo que entretenerse. Anuncios de compras telefónicas, concursos televisivos, personas que echaban las cartas a través de la televisión, películas pornográfícas (o supuestamente pornográficas)… cientos de canales y hacia ninguno mostraba interés. Apagó el aparato y cerró los ojos, tumbado en el sofá de segunda mano que un amigo suyo le había prestado, uno de esos amigos con los que le habría gustado quedar pero que se encontraba enfermo para hacerlo. Sin darse cuenta, Fred cerró los ojos.

Cuando los abrió se encontró en su cama. ¿Cómo había llegado allí? Seguramente habría llegado allí medio dormido, casi sonámbulo. Miró el reloj y seguían siendo las dos de la madrugada. ¿Cómo era eso posible? De repente recordó que aquella noche era cuando se atrasaba el reloj una hora, de tres a dos de la madrugada. Efectivamente eso era lo que habría pasado. ¿Pero quién demonios había cambiado el reloj de hora? Él no se acordaba de haberlo hecho, pero como todo en esta vida, hay que ir al lado más lógico: él lo había hecho y no se acordaba de ello. Solucionado.

El sonido de la televisión le apartó de sus pensamientos. Él estaba seguro que había dejado apagado el aparato, pero al igual que con el reloj, él no se acordaba de ello. Se levantó y se dirigió al salón para apagarlo. Cuando estaba a punto de pulsar la tecla un mensaje llegó al teléfono móvil. Estaba sobre la mesilla y, al igual que el reloj de la habitación, tenía la hora actualizada. Abrió la tapa y leyó el mensaje.

Tienes una hora más para poder evitarlo. De dos a tres pueden suceder muchas cosas. Marc.

¿Quién era Marc? Revisó nuevamente el mensaje y miró el remitente. A pesar de no tener almacenado el número lo reconoció. Sabía que era de un antiguo compañero de facultad, aunque en ese momento no podía ponerle cara, ya que su rostro era normal, sin algo especial que le diferenciase de los demás. Un tipo de lo más corriente.

¿Qué había que evitar? Como el mensaje acababa de llegar probó a llamar para hablar con él.

– ¿Diga? -contestó al otro lado Marc.

– ¡Hola! ¡Cuánto tiempo!

– ¡Hombre! ¿Qué tal estás? ¿Pero qué horas son estas para llamar?

– Pero si tú me acabas de mandar un mensaje -respondió Fred.

– ¿Yo? Pero si estaba aquí jugando a la consola y no he hecho nada en todo el rato -pero Fred le leyó el mensaje para tratar de convencerle-. Que raro, te aseguro que yo no he mandado ese mensaje, pero efectivamente ese es mi número de teléfono.

– Pues sí que es extraño todo esto. ¿No te habrán pinchado la linea? ¿O no será un mensaje de esos en cadena?

– ¡Que va! Si yo el teléfono lo tengo como si no lo tuviera. Casi no lo uso, y si alguna vez me ha llegado un mensaje en cadena imagínate qué he hecho con ello.

De repente la conversación se corta, o mejor dicho, un sonido interfiere la señal. Son las agujas de un reloj, como si hubiera uno dentro del teléfono de Fred, que sigue hablando esperando que Marc le escuchase, pero no se le oye. Tan sólo las agujas del reloj. A los pocos segundos vuelve a oír la voz de Marc:

– Demasiado tarde. Detrás de ti.

Fred se gira, no sólo por lo que le acaba de decir por teléfono, si no porque ha sentido una presencia a sus espaldas. Es Marc, que apuñala a Fred y seguidamente le corta la cabeza. ¿Por dónde entró? No lo sabemos ni nunca lo sabremos. Marc apaga la televisión y tumba el cadáver sin cabeza de Fred en el sillón. Lentamente desaparece, en dirección al pasillo, torciendo a la izquierda. Hacia la habitación de Fred.

 

¡¡¡Feliz Halloween a todos!!! 

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